9 may 2017

Tres poemas de Leopardo

I
Se posa el pájaro en sí mismo,
tiene la rama dentro, eso explica
la gracia natural de su reposo.

Algún mandato incumple, sin embargo,
pues no se queda allí sino lo justo
para que yo lo vea mientras vivo.

Como esa rama, acaso está la muerte
también dentro de él
y de mí mismo.




II

Nos ha crecido un árbol en la casa.
En verano, a la tarde, nos refresca
con su sombra sin prisa, algo chinesca
y llena de presagios. En la casa

nos ha crecido un árbol misterioso
que alfombra los pasillos con sus hojas
cuando llega el otoño: leves, rojas,
de un amarillo casi silencioso.

La primavera acude a nuestro árbol
y lo enciende de un verde con tal brillo
que para vernos hay que rodearlo.

En invierno es peor: desnudo el árbol,
aparece un ahorcado en el pasillo.
No podemos contarlo ni cortarlo.





III

Si pudieras mirar con estos ojos, inocentes
de cuanto ven como las hojas de los chopos al volverse,
me los darías
diciendo:
     «No son míos y duelen».

Si te prestara un rato lo que soy,
estos felinos ojos animales
que pesan en la cara como dos agujeros,
¿no esperarías también tú
la exacta forma que yo espero?

Tantas veces probé
los brillantes zapatos de mis ojos
en los pies de este mundo y tantas veces
me los quité por anchos o pequeños.

19 dic 2014

El poema

Donde alguien abra tan lentamente una pesada puerta que cada uno de los mínimos sonidos -las llaves, la cerradura, el pomo, los goznes- se espacien tanto entre sí que no parezcan ya el ruido inconfundible de una puerta al abrirse sino una sucesión extraordinaria de mínimos acontecimientos, uno detrás de otro.
Y entrar por algo que ya no es una puerta.

5 nov 2014

Poder y verdad

Cuando llegó la hora de decir la verdad, sin dudarlo atrasaron sus relojes.

4 oct 2014

La poesía o la casa abandonada

Un hombre solitario llega a una casa abandonada a las afueras de un pueblo donde las luces se encienden y se apagan siempre a la misma hora.
La puerta está abierta porque nadie se ha molestado en cerrarla, pues lo que hay de valor en ella solo es lo que ya se han llevado los antiguos moradores. Quedan, sobre la mesa, las cáscaras de algo anterior al tiempo como un puñado de preguntas sin respuestas.
El hombre ocupa un sitio en una alcoba. Pasan diez, veinte años y, de puro amar lo que no existe en aquella casa abandonada, ha conseguido adecentarla con su sola presencia, y engalanarla con su alegría, y honrarla humildemente con unos pocos muebles que sus propias manos han construido. ¿Quién se atreve a decirle que no es suya?
Cuando los habitantes del pueblo necesitan alguna cosa del hombre que vive en las afueras -un hacha bien afilada, leña seca, un poco de compañía-, llaman con los nudillos a la puerta, en señal de respeto, aunque esta sigue abierta como el primer día en que llegó.

26 sept 2014

Desde El balcón en invierno

Hay algo profundamente musical en El balcón en invierno, el último libro de Luis Landero. Quizá es la forma que tiene el autor de saltar por el tiempo, como dando a las teclas justas -aquí y allí, un poco con rumbo y un poco a la deriva- de un piano misteriosamente afinado. O quizá solo sea la impresión de algo que huye -un hombre o la sombra de un hombre- por el interminable corredor que hay detrás de las palabras, y que no admite ser nombrado sin nombrar a la muerte. Todo esto para decir que, en realidad, no sé qué es eso que tanto se parece a la música, a la eternidad, en esta novela donde Luis Landero cuenta sus memorias de juventud. Habría querido comentar este punto con el profesor Joan Pastrana, cuyos métodos siempre fueron muy particulares.
Sobre la música, por ejemplo, Joan Pastrana decía en sus diarios lo siguiente: "Lo que hay de abstracto en la música solo puede comprobarse en la dureza y en el silencio de las piedras". Y mostraba orgulloso, a sus alumnos, un pedazo de mármol que siempre llevaba en el bolsillo, y hacía ademán de lanzarlo con fuerza contra una de las ventanas del aula. Luego volvía a metérselo en el bolsillo y permenecía callado unos minutos. "Porque solo así oímos", escribe Joan Pastrana en su diario, "la música de lo que no llega a suceder".
Me pregunto qué habría pensado Joan de la maravillosa música de El balcón en invierno

20 sept 2014

Un buen intento

Intentaba decir una palabra como escribir una novela, como el paracaidista que se lanza sobre una X dibujada en un campo solitario. Como vivir. O no.

12 sept 2014

Lección de economía

He leído en Walden acerca de los míticos cortadores de hielo que cada invierno acudían a la laguna. Me habría gustado ser uno de ellos; de haber podido elegir una profesión y no un camino, me habría entregado a ese afán de cortar con un hacha el agua cuando está más cerca de la madera que de seguir siendo agua.
Las capas de hielo, para conservarse como tal, deben permanecer muy juntas y ser lo suficientemente sólidas, gruesas. Una única capa no tarda en deshacerse bajo la mera presencia del aire, mientras que entre todas pueden mantener la temperatura durante meses o años, según cuenta Thoreau.
Con el dinero sucede lo mismo, pues se conserva mejor, a temperatura constante, cuando se junta con otras grandes cantidades de dinero. Pero yo habría querido ser rico en hielo cortado por mis manos porque sé que solo queda realmente lo que desaparece, y es de un brillante color azul casi inverosímil atravesado por vetas blancas.

24 ago 2014

Propósito

No aprender: darme cuenta de algo cada día, y que no sea mentira, y que no sea lo mismo del día anterior.

15 ago 2014

El dinosaurio

Cuando levanté los ojos de la mesa, después de no parar de escribir en dos semanas, el dinosaurio todavía estaba allí. Pero se había quedado dormido.

1 jul 2014

Un sueño recurrente

Joan Pastrana me habló una vez de un sueño recurrente. Un sueño neutro, modestamente tranquilo, pero que de tanto repetirse acabó convirtiéndose en pesadilla. No contenía ningún elemento aterrador ni agobiante, todo era de lo más normal, incluso cotidiano. Según luego entendí, era la pura repetición de algo neutro lo que hizo de ese sueño una de las muchas, y a menudo peligrosas, obsesiones de Joan Pastrana.
Consistía en lo siguiente. Joan entraba con una lista de nombres en una sala de espera, donde había un grupo de personas sentadas en sillas plegables. En ocasiones, cuando acababa de leer todos los nombres de la lista, comprobaba que había más nombres en el papel que personas en la sala. Otras veces era al revés: había allí alguno que no había sido nombrado y que, cada vez más pequeño, miraba a Joan desde la orfandad de su súbito anonimato.
Él extraía muy diversas conclusiones de ese sueño. Hablaba de la muerte como de un gran descuido y lo relacionaba con la falta de recursos del planeta Tierra para abastecer a la población mundial. A menudo yo le preguntaba por cuántos de esos nombres recordaba al despertar, y sus respuestas, entre dientes, me parecieron siempre tan esquivas como preocupantes. ¿Estaría yo entre ellos?
No es raro pensar que todo este asunto de las listas y de los que, sentados pacientemente, esperaban a ser nombrados tuviera algo que ver con el inesperado despido de Joan Pastrana. Al fin y al cabo su trabajo de profesor incluía esos mismos elementos que, andando el tiempo, llegaron a aterrorizarle.